Fuck Every Hipster: Conor Oberst Is An Asshole →
So when I was in high school I dated a girl that loved Conor Oberst. And she didn’t just “love” Conor Oberst like I love pizza. She loved Conor Oberst in the creepy way where if she met him in an alleyway she would probably let him rape her mouth. Okay, now I realize she might love him in the way…
esto no es Tokyo blues
Escribí esto hace algún tiempo que estaba cogiendo la lanzadera por primera vez para ir al pueblo de unos amigos un viernes a la noche. Estaba de un humor terrible y pensativo, tenía unas ganas increíbles de beber, y el metro me agobiaba muchísimo. Está dividido en dos partes: ida y vuelta, como metáfora para toda la noche. La primera parte e igual la mitad de la segunda fue escrita al día siguiente, y el resto he acabado hoy; pensé que sería un buen momento para publicarlo.
ida
La nueva estación de metro era igual a todas las otras, las mismas curvas industriales y las paredes fisuradas de forma geométrica (infinita precisión), pero todo brillaba con una blancura tremenda, casi ultravioleta – las escaleras con sus bordes metálicas, las nuevas pantallas de seguimiento de los trenes, el túnel por el que suben las escaleras eléctricas como gusanos o serpientes robóticos – y daba la sensación de querer mirarlo con los ojos entrecerrados para protegerme de su brillo. Iba con ganas. Había gente. La segunda escalera estaba estropeada y tuve que subir andando, saltando entre escalones, sintiendo el movimiento de mi falda y el peso de mi cuerpo golpeando contra los dedos del pie en pasos ligeros, los talones suspendidos. Al dar el último salto y lanzarse al aire libre, el viento invernal me da bofetadas, me roza el pelo con sus dedos fríos, me tira de la parte baja del abrigo. El camino del parque en frente me parece más largo de la realidad y allá donde acaba no veo más que un mar de luces, que parecen subir y bajar en oleadas inciertas.
vuelta
Dudaba mucho de las colinas oscuras y verdes que se levantaban silenciosamente del suelo, escondiendo las curvas que tendría que seguir para volver – ¿a dónde?, me pregunto – hasta que me parecía verlas moverse de un lado a otro, como señoras envueltas en tela; sigilosas. Lo amarillo nuevamente dándose vueltas alrededor del camino rojizo, el asfalto vuelve a abrir su boca cristalina y desciendo por ella, sintiendo goma debajo de la mano izquierda. El minutero empieza a dar saltos y estoy dentro del tren. Al principio somos dos o tres en todo el vagón, es tarde, nadie está borracho y no nos atrevemos a hacer ruido, y en cuanto lleguemos al centro urbano la gente empieza a subir en un ligero caos de abrigos y perfume, risas, besos, el olor del viento y de algo quemado. Me bajo y empiezo a subir las escaleras, sintiendo sus bordes duros de acero. Ahora estoy en la calle. Los árboles se agachan, como si fuera para acariciarme.
d-day (1)
Esto de pasarse la vida en tránsito – coches y peajes, autobuses, aeropuertos y trenes – convierte todo en una espera eterna. El viaje en sí nunca es la peor parte; uno puede dormirse, estudiar el paisaje, encontrar mil formas de pasar el tiempo, pero la espera sólo se convierte en una serie de excusas, pajas mentales que se vuelven inútiles para hacer pasar el tiempo más rápido. Te cansas de hablar con gente ajena pero los encuentras a la vuelta de cada esquina. Los minutos empiezan a cobrar vida propia, un aspecto siniestro que no consigues explicar de todo pero que te da una sensación que te perturba totalmente la tranquilidad.
Y aquí estoy yo, en el Prat. Me encanta Barcelona; es a la vez salvaje y triste, gris y brillante como un diamante sucio. Pero esto no es Barcelona, en la medida de que ningún aeropuerto realmente representa nada de la ciudad con la que se le asocia. ¿Cómo podría hacerlo? Los aeropuertos son lugares estériles como lo son los hospitales, con una limpieza que nunca parece natural y luces extrañas y fuera de lugar en todas partes. Cada vez que tengo que pasar por un aeropuerto, en lugar de viajar siempre acabo en un sitio muy mío en el que me analizo, tomando la sensación de desplazarse como un punto fácil de referencia.
En enero, hace casi un año, también estuve en este mismo aeropuerto esperando llegar a alguna parte (al final lo conseguí). Estaba ligeramente resacosa y de mal humor después de un fin de semana que llegó a su punto alto cuando estaba ese mismo domingo a las seis de la mañana caminando descalza cerca de la estación de metro de Jaume I después de haberme metido una cantidad de cosas por la nariz y la garganta y los pulmones que muchas veces intento no recordar. Tenía una novela en catalán y cinco euros en el bolsillo; apenas me alcanzó para comprar una bebida. Iba a casa y cuando llegué, estaba todo gris y nublado.
Ahora estoy sentada en el suelo en un sitio donde nunca antes había estado, vestida todo de negro a la espera del viaje final a la entrevista más importante de mi vida (o al menos a mí me parece que lo es). Tengo la cartera llena de una cantidad realmente obscena de dinero (coincidencia) y estoy mirando la carta de un restaurante con cierta ansiedad, pensando en algo muerto y quemado encima de placas de metal y una copa de vino tinto. Llevo el trabajo más importante que he hecho jamás dentro de una maleta de mierda que ni siquiera me pertenece. Me apoyo la espalda en una columna mientras espero a que se carguen todos los ladrillos metálicos que tengo encima: ordenador, móvil, etc.
La impaciencia no me está sirviendo de nada; este bicho que tengo pegado a mis entrañas parece no querer irse. Ahora sí te tienes que lanzar al agua, Chris. Tienes las piernas adoloridas, las cosas tiradas por el suelo: es ahora o nunca. Enseguida volveremos con más noticias.
mosqueo
nuevamente by Chris
Me pica los labios, se siente en el eco duro de mi voz chillona y telefónica y me mancha la cara de gris con estos dedos frustrados. Sube, sube como los sonidos de atasco en la calle hasta las ventanas y baja, baja como el té verde y caliente muy despacio de la garganta hasta llegar al estomago, hinchándolo un poquito más. Me provoca algo de nervios, me tiemblan las manos al hacer un cigarrillo (o al imaginarme haciendo un cigarrillo, lo cual es básicamente lo mismo para nuestro propósito), me quita la laca de las unas con un ruido sigiloso y crujiente de cracracra infinitas veces. Sabe a agua hervida, doble-hervida y sobreoxigenada que se me pega al paladar y cambia la textura de mi boca.
Chupo humo y expulso lo que rechaza los pulmones (poca cosa ya, me imagino). La segunda taza de té nunca sabe igual a la primera. Luego se acerca el viento, lo enfrío, el vapor comienza a dar vueltas y siento el mareo del primer cigarrillo del día que viene y se va, como en olas. Se intenta no pensar demasiado en el estómago. Los copos de ceniza se van metiendo poco a poco entre las teclas.
El castellano está lleno de sonidos duros. La garganta, la presión de la lengua sobre los dientes y la parte superior de la boca y los labios mientras se va doblando, dando vueltas sobre sí misma. Alguien en alguna parte da patadas a una puerta y el sonido vibra entre las paredes. La ventana entreabierta parte mi perspectiva en tres; lo cercano, la forma metálica en medio representando un gesto, un movimiento plasmado sobre el gris del cielo, y lo lejano.
esto se me hace infinito
by Chris
Sábado siempre es el peor día. Seis días de estrés y cansancio y trabajo acumulados crean una especie de elixir mortal, como el arsénico, para el cerebro (casi siento que me sale, en gotas espesas e imaginarias, por las orejas y los huecos de los ojos). Han pasado tres horas y media, la mitad de mi jornada hoy, y debería de estar más contenta – la segunda mitad siempre se va volando, o al menos más rápido que la primera – pero no es sólo el trabajo, es un pelín de todo. Llamémoslo una resaca emocional. Felizmente no tengo una resaca física para acompañarla.
Ayer estuve calculando cosas pequeñas en el despacho, intentando buscarle el orden y la ciencia a todo. Calculé la distancia que se mueve el sol dentro de un plazo de tiempo determinado y su velocidad consecuente. Saqué las proporciones de unos cuantos muebles con el ojo, el lápiz, el escalímetro. La falta de sueño es como una presencia constante en estos días, como uno de esos bichos míticos de los cuentos que se colocan en tu hombro derecho y no te dejan en paz hasta que hagas lo que ellos quieran (en mi caso, dormir igual quince horas seguidas sin interrupciones, o quizás más).
No me alcanzan las horas del día para hacer todo. No me alcanzan para hacer nada. Miro mi calendario y todas las personas a las que no consigo meter en horarios y las que están en lista de espera y sus mails constantes, amistosos pero con ese toquecillo de algo que me inspira desesperación. Sé por dónde tengo los huecos libres, me puedo organizar, pero con cada hueco que reservaba para algo mío que sacrifico en el altar del capitalismo pierdo un poco de motivación en cuanto a la vida en general. ¿Es el trabajo más importante que todas las demás partes de mi vida? Pasar hora y media en un parque nuevo y sucio bajo este sol frío y otoñal intentando controlar el temblor de la mano derecha es un lujo total, aunque tenga que volver después al trabajo, y sé que si llenara ese hueco de clases acabaría quemada y de mal humor.
Igual que si empezara la mañana a las ocho y media como el año pasado, semi-dormida y con una nube metafórica espesa y de color gris encima todo el día (y no sólo por el humo). Me pongo en modo infantil por un momento, no quiero, no quiero tener obligaciones con el trabajo todo el tiempo, adoro a mis alumnos pero también tengo derecho a tener una vida digna fuera de mi despacho y no tener que irme siempre temprano porque estoy reventada, ¿no?
Vuelvo a recordar que hoy es sábado (durante un momento lo había olvidado). Una hora, cuarenta y dos minutos faltan para que se me acabe el día. Pero no, no puedo tirarme a la cama y dormir porque tengo Pilates con una amiga, porque tengo que dibujar después y probablemente tomar un montón de café. Espero que haga sol. Igual su calor me descongelará un poquito y volveré a sentirme como persona.
wednesdays are long
Once more the bar ticking. At the beginning of time periods (the morning, the early afternoon, the last few classes) the minutes seem to disappear with astonishing speed every time I turn my head round to look at the clock in despair, but then there are times, like in the last hour or half-hour of the day – though what difference does it make in the long run? – when I can see them inching by. In Rayuela, la Maga describes time as “un bicho que anda y anda”, and that little line on my calendar that I look at almost non-stop for about twelve hours a day is an excellent metaphor for the way time passes in general.
It’s nearly eight. I’ve got forty-three minutes left before I finish. I should be happy, the time should pass more quickly (forty-two minutes now) but I can’t avoid thinking about after class, tonight, my backpack and all the things I have to do before bed, having a drink, having several drinks, tomorrow morning and late morning and afternoon and evening and Friday, then the weekend – I work – then the days going on and on and seeming to stretch out infinitely. What am I counting down to? My holidays? (The first week of December.) Christmas? (I could care less.) My birthday? (God, another year no; I feel old enough as it is.)
Thirty-eight minutes. No, thirty-seven now. I’ve been all day with my water bottle basically glued to my lips in the hopes of alleviating God only knows what, maybe nerves. I should start drinking more (alcohol) now that I have the money to do it, but when one has the money one hasn’t the time, isn’t that always the way? I keep looking for some kind of solace in my friends, stupid conversations about the same thing, generally skiing, sex or general gossip. It’s healthy and not too taxing on the limited reserves of energy I tend to have in my cerebral cortex at the end of the day, and I always go home feeling better and a bit drunk. Or a lot drunk, depending on how bad of a day I’ve had. I’m a bit worried about turning into Nicholas Cage in that one film (except I can’t really see myself living with a prostitute, however sympathetic she may be to my cause). I don’t remember how it ends, though. I have a lovely student with whom I always end up talking about films – and I didn’t even know I was so much of a film buff until I had someone to talk about them with – and I think I need more art in my life, God forbid.
Speaking of which, my hand is getting better. My eye is getting better. Really, my general quality of life is improving (my waistline is also getting smaller, thank goodness) and maybe my (un-sharpened) pencil reflects that in some way, as does the speaking exams I’ve been giving people lately, which are getting progressively harder as is the edge of my voice at the end of every question. Spanish begins to become inadequate to express what I’m really thinking. My brain in general begins to become inadequate to process and understand what I’m really thinking. What a bloody paradox. Half an hour now. Twenty-seven minutes. I should be happy. I am happy. And yet I feel this sort of vague nagging unhappiness that tugs at the edges of my face and my shoulders and my fingertips and lets me sleep just fine, but doesn’t let me concentrate at odd hours of the morning and afternoon. Curiouser and curiouser.
Somehow I feel my life becoming one big, immense, rather, to-do list. The more I push myself the shorter it gets, which I suppose is a positive sign of something or other, but it’s never quite empty and I’m consequently never quite easy in my mind as long as I know it’s there, black letters on cheerfully-coloured digital post-its leering at me a little bit. All the daily things I don’t even bother writing down, like going home and putting all my clothes back in their place as I take them off, tossing my shoes in the closet, packing my backpack for the next day, taking off my contact lenses, tidying, public relations with my flatmates (the minimum possible). Stupid. I do everything on autopilot now and never manage to think everything through. It’s weird, though, rather than being like a zombie I’m actually having the time of my life. Maybe I should decide whether I’m happy or sad before starting to write, you think, Chris? (Eighteen minutes.)
I like the way the water feels as it inches slowly down my throat, chilling the inside of my stomach a little and waking me up. The more I count the minutes, the more slowly they pass. Ten. Nine. I’m going to close the windows. Spontaneous shutdown process initiated.
