she blinded me with science

Dec 05

d-day (1)

Esto de pasarse la vida en tránsito – coches y peajes, autobuses, aeropuertos y trenes – convierte todo en una espera eterna. El viaje en sí nunca es la peor parte; uno puede dormirse, estudiar el paisaje, encontrar mil formas de pasar el tiempo, pero la espera sólo se convierte en una serie de excusas, pajas mentales que se vuelven inútiles para hacer pasar el tiempo más rápido. Te cansas de hablar con gente ajena pero los encuentras a la vuelta de cada esquina. Los minutos empiezan a cobrar vida propia, un aspecto siniestro que no consigues explicar de todo pero que te da una sensación que te perturba totalmente la tranquilidad.

Y aquí estoy yo, en el Prat. Me encanta Barcelona; es a la vez salvaje y triste, gris y brillante como un diamante sucio. Pero esto no es Barcelona, en la medida de que ningún aeropuerto realmente representa nada de la ciudad con la que se le asocia. ¿Cómo podría hacerlo? Los aeropuertos son lugares estériles como lo son los hospitales, con una limpieza que nunca parece natural y luces extrañas y fuera de lugar en todas partes. Cada vez que tengo que pasar por un aeropuerto, en lugar de viajar siempre acabo en un sitio muy mío en el que me analizo, tomando la sensación de desplazarse como un punto fácil de referencia.

En enero, hace casi un año, también estuve en este mismo aeropuerto esperando llegar a alguna parte (al final lo conseguí). Estaba ligeramente resacosa y de mal humor después de un fin de semana que llegó a su punto alto cuando estaba ese mismo domingo a las seis de la mañana caminando descalza cerca de la estación de metro de Jaume I después de haberme metido una cantidad de cosas por la nariz y la garganta y los pulmones que muchas veces intento no recordar. Tenía una novela en catalán y cinco euros en el bolsillo; apenas me alcanzó para comprar una bebida. Iba a casa y cuando llegué, estaba todo gris y nublado.

Ahora estoy sentada en el suelo en un sitio donde nunca antes había estado, vestida todo de negro a la espera del viaje final a la entrevista más importante de mi vida (o al menos a mí me parece que lo es). Tengo la cartera llena de una cantidad realmente obscena de dinero (coincidencia) y estoy mirando la carta de un restaurante con cierta ansiedad, pensando en algo muerto y quemado encima de placas de metal y una copa de vino tinto. Llevo el trabajo más importante que he hecho jamás dentro de una maleta de mierda que ni siquiera me pertenece. Me apoyo la espalda en una columna mientras espero a que se carguen todos los ladrillos metálicos que tengo encima: ordenador, móvil, etc.

La impaciencia no me está sirviendo de nada; este bicho que tengo pegado a mis entrañas parece no querer irse. Ahora sí te tienes que lanzar al agua, Chris. Tienes las piernas adoloridas, las cosas tiradas por el suelo: es ahora o nunca. Enseguida volveremos con más noticias.

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