she blinded me with science

Dec 15

esto no es Tokyo blues

Escribí esto hace algún tiempo que estaba cogiendo la lanzadera por primera vez para ir al pueblo de unos amigos un viernes a la noche. Estaba de un humor terrible y pensativo, tenía unas ganas increíbles de beber, y el metro me agobiaba muchísimo. Está dividido en dos partes: ida y vuelta, como metáfora para toda la noche. La primera parte e igual la mitad de la segunda fue escrita al día siguiente, y el resto he acabado hoy; pensé que sería un buen momento para publicarlo.

ida
La nueva estación de metro era igual a todas las otras, las mismas curvas industriales y las paredes fisuradas de forma geométrica (infinita precisión), pero todo brillaba con una blancura tremenda, casi ultravioleta – las escaleras con sus bordes metálicas, las nuevas pantallas de seguimiento de los trenes, el túnel por el que suben las escaleras eléctricas como gusanos o serpientes robóticos – y daba la sensación de querer mirarlo con los ojos entrecerrados para protegerme de su brillo. Iba con ganas. Había gente. La segunda escalera estaba estropeada y tuve que subir andando, saltando entre escalones, sintiendo el movimiento de mi falda y el peso de mi cuerpo golpeando contra los dedos del pie en pasos ligeros, los talones suspendidos. Al dar el último salto y lanzarse al aire libre, el viento invernal me da bofetadas, me roza el pelo con sus dedos fríos, me tira de la parte baja del abrigo. El camino del parque en frente me parece más largo de la realidad y allá donde acaba no veo más que un mar de luces, que parecen subir y bajar en oleadas inciertas.

vuelta
Dudaba mucho de las colinas oscuras y verdes que se levantaban silenciosamente del suelo, escondiendo las curvas que tendría que seguir para volver – ¿a dónde?, me pregunto – hasta que me parecía verlas moverse de un lado a otro, como señoras envueltas en tela; sigilosas. Lo amarillo nuevamente dándose vueltas alrededor del camino rojizo, el asfalto vuelve a abrir su boca cristalina y desciendo por ella, sintiendo goma debajo de la mano izquierda. El minutero empieza a dar saltos y estoy dentro del tren. Al principio somos dos o tres en todo el vagón, es tarde, nadie está borracho y no nos atrevemos a hacer ruido, y en cuanto lleguemos al centro urbano la gente empieza a subir en un ligero caos de abrigos y perfume, risas, besos, el olor del viento y de algo quemado. Me bajo y empiezo a subir las escaleras, sintiendo sus bordes duros de acero. Ahora estoy en la calle. Los árboles se agachan, como si fuera para acariciarme.

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