she blinded me with science

May 11

la pesadez: el peor enemigo del profesor autónomo

En realidad, ser profesor particular fuera de una academia - en casa, por ejemplo, como es mi caso (y el de mi profesora de francés también) - tiene muchísimas ventajas como trabajo. Tengo el control directo de mi sueldo y no me quejo de lo que se me paga, vivo bien, llevo las clases de mi manera, y puedo decidir a quién ofrecer clases y a quién no hacerlo. No tengo jefe, el horario lo decido yo (la mayoría del tiempo), me llevo estupendamente con los alumnos; a veces ni siquiera parece un trabajo.

Cada día surgen pequeños problemas, como en cualquier otro trabajo. Alguien no llega o llega tarde, otras veces eres tú quién llega tarde y tiene que enfrentar el estrés consecuente, estás cansado, duermes mal, tienes como cien textos que te faltan para corregir, o tienes clase con algún alumno que no se lleva tan bien contigo como los otros. Vale. Creo que con el tiempo que llevo dando clases he conseguido superar la mayoría de estos problemas con inconveniencia mínima, pero hay una cosa que aún no consigo soportar: la gente pesada. Me saca de quicio.

La pesadez puede tomar varias formas, así que igual sería mejor dar una breve explicación:
a) La gente pesada no es necesariamente la gente que viene todos los días. Tengo a gente maravillosa que viene todos los días, o casi todos, a veces a primera hora, y no me resultan pesados para nada. No tiene nada que ver con las horas de clase que se dan.
b) La gente pesada tiene varias formas de joderte la vida, entre ellas tu dirección de correo electrónico (que usan con frecuencia para mandarte estupideces o pedirte que les hagas favores, como traducir el CV, pasar ejercicios que pueden hacer en casa, o buscarles las reglas de tal cosa), tu número de teléfono, y en mi caso lo peor: mi dirección de casa. Si hay algo que realmente odio, es cuando la gente aparece mogollón de temprano dando por sentado que estoy por casa sin hacer absolutamente nada cuando no estoy en clase con ellos.

Pero me distraigo. Iré directo al grano, con el ejemplo que me ha motivado hoy a escribir este post.

Recibí hace unos minutos un mail de una chica que parece haberse elegido la representante de un grupo de conversación que yo tengo (yo no recuerdo ninguna votación, pero como es la más pesada por mail y siempre habla por todos los miembros del grupo, supongo que así será) por la tarde. Bien. Hace falta que explique algunas cosas sobre este grupo. Uno de los miembros es alguien que conozco hace bastante tiempo, y es quién me dijo que tenía unos compañeros interesados en formar un grupo de conversación. Mejor para todos: les sale más barato a ellos, y yo cobro más. También, como tenía la impresión de que eran personas bastante cultas y agradables - y realmente lo son - acepté la idea con cierto entusiasmo, dándoles un hueco en lo que para mí es hora punta.

El primer día todo nos fue bastante bien. Yo tenía ciertas dudas sobre la forma de llevar bien un grupo de conversación de semejante tamaño, pues aunque son sólo cuatro normalmente estoy acostumbrada a estar con personas que vienen solas, así que ya iba pensando en cuál sería la mejor forma de hacer las cosas. Pero su fiel representante ya había hecho ese trabajo por mí. Por mail insistió en que cada semana, alguien eligiera un artículo que tenía que ver con su investigación (antropología y sociología, principalmente). Alguien se ofreció para eligir el tema para la primera semana, aunque nadie lo tenía muy claro. Yo propuse un artículo que me había gustado. Lo rechazaron a favor de otro. Empecé a ver que este grupo era bastante independiente - estaba claro que desde el principio consideraban que yo era muy niña, aunque no me lo tomé a malas - y les dejé elegir todo lo que hiciera falta. Porque al final, es su enseñanza, no la mía. En fin.

Debo decir que me sorprendió un poco su autonomía, no porque me disgustara (en absoluto) sino porque la mayoría de los alumnos suelen pedirme consejos para ese tipo de cosas. Sin embargo, me pareció bien porque así sería menos trabajo para mí - un grupo que tiene claro lo que quiere hacer siempre es una gran ayuda para el profesor que tiene que educarlos - y no tendría que estar dudando sobre la dirección que tomarían las clases o si les parecería bien lo que hago, porque ellos me lo comunicarían siempre. Hasta allá todo normal. Luego, al final de la primera clase, las cosas comenzaron a empeorar.

“Para la próxima clase tenemos que cambiar la estructura de las clases,” dijo la portavoz oficial.

“¿Cómo os gustaría que la cambiásemos?” respondí yo.

Ella procedió a explicar un plan bastante detallado en el cual se turnarían para que cada semana hablara alguien diferente sobre un tema de su elección pero siempre relacionado con la investigación que actualmente estaban haciendo, y luego yo les explicaría la gramática o corregiría pequeños errores, etc, etc, etc. Parecía que ya llevaba un buen tiempo pensándoselo antes de haber venido a la primera clase. Yo dije que no me parecía mala idea, y quedamos en que de ahora en adelante sería así.

He de decir que aquella conversación me dejó con una ligera sensación desagradable, ya que las dos partes más importantes de una relación profesor-alumno exitosa son:
a) que el profesor entienda bien las necesidades del alumno, aún si éste no sabe expresarlas bien, y
b) que el alumno acepte los consejos y las recomendaciones del profesor, siempre y cuando éstos sean razonables,

y me estaba pareciendo que una parte de esto no se estaba cumpliendo. Vamos, mi trabajo se basa en darle a la gente lo que quiere, pero también lo que necesita (en lo que respeta a la enseñanza de inglés, claro está). Creo que después de tanto tiempo dando clases he desarrollado un instinto de lo que a la gente le falta, con un mínimo de explicaciones de los alumnos al principio para guiarme un poco. Nunca he dicho que soy la mejor profesora del mundo, porque la verdad es que probablemente sea muy mediocre, pero como ésta no es mi vocación eso no me preocupa demasiado. Sin embargo, me gusta hacer bien las cosas. Me gustaría pensar que estoy ayudando a una pequeña cantidad de gente y que, por lo general, cumplo con mi deber hacia estas personas y que al final estén contentas.

Mi instinto es bueno. Qué carajo, no tengo que aparentar ser humilde ante nadie, es la puta verdad. Por eso me preocupaba tanto el tema de este grupo, porque al final me da lo mismo que aprendan inglés o no, ya que tendremos menos de veinte clases antes de que me marche y sé que en ese tiempo no les podré ayudar mucho, por más que quisiera; pero creo que yo sé bastante mejor que ellos qué es lo que les ayudaría a mejorar, porque lo he hecho con una cantidad bastante importante de gente y ellos no, para dar la razón más obvia. Sin embargo, si un alumno insiste mucho en hacer las cosas a su manera, siempre he accedido porque sé que tarde o temprano, se darán cuenta de que igual necesitan un consejo mío (será por eso que me pagan, ¿no?).

Con estos me es indiferente por una sola razón: que ya están haciendo las cosas tal y como ellos querían, sin aceptar jamás ningún consejo mío y poniéndome la contra en todo, y como al final son ellos los clientes, no he dicho nada. Si así se sienten más contentos es lo único que yo podría desear por ellos. Muy bien. Pero tengamos las cosas claras desde el principio, majos: en las clases o mandáis vosotros, o mando yo. No hay democracia a este lado de la puerta que da a mi casa; seré mandona, pero la mayoría de la gente me lo ha acabado agradeciendo, y si a alguien no le gusta está libre de desaparecer y buscar otro profesor en cualquier momento, como algunos han hecho. Y a mí no me importa que la gente marque el ritmo o decida la metodología de sus clases. A veces vienen con libros de otras academias, o cosas que estaban haciendo por su cuenta, y no están dispuestos a abandonarlos por las cosas que tengo yo. Me parece genial, en serio. Tengo una señora que apenas es capaz de funcionar sin su querido libro de Speak Your Mind y somos grandes amigas. Pero es eso. Alguien tiene que decidir al principio qué se va a hacer y cómo va a ser esto, y seguimos ese plan.

Por eso el mail de este grupo de hoy me ha dado tanta rabia.

En el, su querida portavoz (“hablando en nombre de todos”, por supuesto), me cuenta que al parecer no tienen nada mejor que hacer que quedarse charlando sobre algunas sugerencias que podrían mejorar mi forma de dar las clases para que ellos queden más contentos - porque todos sabemos, por supuesto, que de casi cuarenta alumnos en los que tengo que pensar ahora, aparte de mis exámenes, me quedo pensando en estos cuatro y lo que podría hacer para mejorar su experiencia académica conmigo - y que seguramente yo, como tampoco tengo nada que hacer, habré pensado en muchas más.

Ya veía que empezábamos mal, pero seguía leyendo.

Al principio ellos querían elegir el enfoque de cada clase. Al parecer, ahora quieren que lo haga yo, pero sólo hasta cierto punto (me dejan muy claro donde están mis límites, muchas gracias). Se quejan de que lo de las presentaciones no les está gustando mucho, a pesar de que haya sido idea de su portavoz, no mía - ¿quizás debería haber mandado este mail a sí misma? - y exigen que les comience a enseñar a dar una presentación. Joder, soy profesora de inglés, no gurú de comunicaciones. Me parece que el nivel de todos, más aún porque están todos doctorando y tendrán experiencia con estos temas, es más que suficiente para saludar formalmente al principio y hacer un resumen breve al final, que es la única diferencia entre una presentación per se y lo que llevan hasta ahora haciendo. Me dan instrucciones sobre lo que tengo que enseñarles a partir de ahora. Siento mucho el malentendido, pensé que esa decisión me correspondía a mí.

¿Veis? No es cuestión de hacer más trabajo, eso me es indiferente. Si siento que alguien lo necesita y me parece razonable, no tengo ningún inconveniente para ir un poco más allá si es apoyo y paciencia lo que necesitan. Pero no es eso. El problema vuelve a ser el del título de este post, el que la gente no tenga las cosas claras al principio y me venga a joder con semejantes tonterías cada semana - porque con estos siempre hay algo nuevo -, que propongan ideas que no funcionan y luego me obliguen a mí a buscarles una solución al problema que ellos mismos crearon, que me digan cómo hacer mi trabajo a pesar de haberse ya equivocado antes en cuanto a la mejor forma de hacer las clases (de no haber sido así no tendrían por qué estar mandándome este mail, pues yo lo hubiera organizado de forma distinta desde el principio).

Ya está. No hay más remedio que dar una respuesta elegante en vez de pasarles el link a este post directamente y ver cómo lo llevo sin que me empiece a crecer un tumor cerebral de todo el estrés. Qué asco.

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